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miércoles 25 de enero de 2012

La sofisticada simplicidad de H. Spencer

Pero el político "práctico" que, a despecho de tales experiencias, repetidas de generación en generación, se cura tan sólo de los resultados próximos, piensa todavía menos en otros efectos más remotos, pero más generales y más importantes que los anteriormente señalados. Siguiendo la metáfora empleada [de la locomotora desbocada], nunca se pregunta si el "momento de inercia" político, puesto en marcha por su medida dictaminada, seguirá o no la misma dirección general que otros impulsos análogos, y si se podrá unir a ellos para producir una fuerza compuesta que origine cambios jamás soñados por él. Considerando únicamente los resultados directos de sus medidas, y no viendo qué influencias anteriores y otras nuevas, debidas al empuje recibido, siguen la misma dirección, no se da cuenta de que acaso todas concurrirán y originarán un torrente que alterará por completo la faz de las cosas...

La cita proviene del artículo "La esclavitud del porvenir", contenido en el volumen "El individuo contra el Estado" de Herbert Spencer, ingeniero civil y prominente pensador liberal británico del siglo XIX.

Allí aboga por la según él muy necesaria simplificación de burocracias estatales y marasmos legales que encorsetan la libertad ciudadana. Su postura es un tanto radical e incluso extrema en otros apartados de artículo, pero en este fragmento, a mi parecer, no le falta razón.

Haciendo una analogía de la edición de textos legales, comparándola con la programación informática, se puede constatar lo siguiente:

Durante muchos años, los programadores fueron evaluados en su rendimiento por la cantidad de líneas de código fuente de programa que eran capaces de producir durante su jornada laboral. Esto se conoció como el modelo SLOC. Hoy día parece ser que a legisladores, políticos y administradores de diverso pelaje se les evalúa de la misma manera: por la cantidad de reglamentaciones, boletines, leyes, edictos, decretos, resoluciones y similares documentos que son capaces de producir. O al menos ellos deben de pensar que así es, a tenor de sus acciones, guiadas del principio del ortoplacismo y no del principio de optimalidad.

No obstante, no pasó mucho tiempo en el dinámico mundo de las tecnologías de la información hasta que se observaron las desventajas de este método de gestión científica para la evaluación del rendimiento. Hablando en general, dejando bucles iterativos y otros tecnicismos aparte, un programa más largo es menos eficiente y consume más recursos: lleva más tiempo ser escrito, ocupa más espacio en memoria y tarda más tiempo en procesarse. Además no todas las instrucciones tienen el mismo mérito ni impacto en el resultado final. Lo mismo ocurre con los códices legales.

Con el fin de contextualizar, conviene señalar el enorme tamaño que pueden alcanzar algunos los proyectos de programación informáticos:

  • Windows 3.1 : 3 millones de líneas de código
  • Windows 95: 15 millones
  • Windows 98: 18 millones
  • Windows 2000: 35 millones 
  • Windows XP = 40 millones
  • Windows Vista = 50 millones
  • Debian 2.2: 55-59 millones
  • Debian 3.0: 104 millones
  • Debian 3.1: 215 millones
  • Debian 4.0: 283 millones

Así que en realidad sí parecen comparables en dimensión, al corpus legal en que se mueve un país europeo, incluyendo administración central, administración local, universidades, cuerpos funcionariales, y otras entidades generadoras de legajos ad infinitum.

En las tareas de programación. con frecuencia resulta muchísimo mejor para el proyecto eliminar largos bloques de código y sustituirlos por una o dos líneas, que realizan la misma tarea pero de forma más eficiente. Se llegó a decir en contra del modelo SLOC que "El verdadero héroe de la programación es aquel que escribe código negativo".

Sin embargo, habitualmente esta gesta solamente la realizan los programadores más experimentados, pues quienes lo son menos suelen ser más jóvenes y entusiastas, ansiosos por incluir su contribución aunque esta impacte negativamente al conjunto, todo con tal de dejar su huella añadiendo éste o aquél servicio de valor añadido que realmente no era necesario, sin tener en cuenta el coste futuro de mantener la prestación.

Del mismo modo ocurre en nuestros burocratizados entornos políticos, que por cierto están plagados de egresados en Derecho aunque el departamento sea de medicina o ciencias del mar. Necesarios, posiblemente imprescindibles y muy útiles aquéllos, no digo que no, pero ¿ha de ser su presencia siempre a costa de quienes proceden de otras disciplinas? Personas que ahora se tiende a tildar peyorativamente de "tecnocráticas", como si tecnocrático fuera cualquiera que no viniera a este mundo con un boletín oficial debajo del brazo. ¿No será esto contraproducente? ¿No acordamos que la riqueza está en la diversidad?

Allí en estos entornos ocurre que cuando a estas personas, tecnócratas o no, les llega el momento de ejercer la función directiva, en lugar de liderar y ejecutar las acciones necesarias detallando ordenadamente los pasos (o supresiones) necesarios para su consecución, suelen escribir, o más bien dictar a los hacendosos taquígrafos de turno, lo que otros, a su buen entender, deberían hacer. Norma sobre norma, sedimentándolas todas con lacónico verbo, diechiochescas formas y enmarañadas figuras. Allí rara vez se revisa lo anterior para ver qué es lo que se puede suprimir para bien del conjunto, y las derogaciones vienen casi siempre acompañadas de un incremento sustancial en el texto de la norma que viene a sustituir a la antigua.

Nota: La fotografía de los libros es de una instalación artística de Alicia Martín.


Todo ello tiene como efecto la sobrecarga del sistema que ha de procesar el "programa legal", ineficiencias administrativas de toda índole e ineficacias flagrantes que aquejan a los ciudadanos, quienes han de sufrirlas en el día a día, bien durante las relaciones con los cuerpos funcionariales, bien en el pago de impuestos, bien al presentar una demanda o un recurso, por poner solo algunos ejemplos.

La conclusión es clara. En palabras del recientemente fallecido Steve Jobs, a quien se podía tachar de muchas cosas, pero no de carecer de buen criterio para hacer sus diseños eficientes y accesibles: "la simplicidad es la sofisticación definitiva".

Nota: Como bien indica @SixKander, antes que Jobs esta frase fue pronunciada por el inefable Leonardo da Vinci.

Claro que, a lo dicho, y quitándole hierro al asunto, la siguiente viñeta puede parecer refutar la conclusión a la que hasta aquí hemos llegado. Quizá simplificar demasiado no sea tan bueno, después de todo:


No obstante, tratando de ser sintético, diré que cada movimiento de dilación o encogimiento de la complejidad de un sistema debe estar determinado en cualquier caso por las circunstancias coyunturales, al igual que ocurre con los movimientos de des/centralización.

En una tribu primitiva de la prehistoria, posiblemente fuera muy buena idea llegar a acordar algunas normas de convivencia para no matarse a garrotazos o robarse las piezas de caza cobradas. Por contra, en el momento actual de crisis económica e infoxicación, más bien parece aconsejable seguir la tesis de Spencer y simplificar cuanto sea posible, desde la propia forma de vida hasta, y principalmente, las organizaciones complejas, sean privadas o públicas.

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