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martes 8 de noviembre de 2011

Senderismo otoñal

El domingo hice una ruta de montaña desde el pueblo de Ezcaray a San Millán de la Cogolla. La jornada de senderismo estaba organizada por el servicio de deportes de la universidad de Burgos, donde me he suscrito a la tarjeta deportiva. Esta tarjeta es virtual y no física, lo que se agradece, porque hoy día te dan pedazos de plástico rectangular para cualquier cosa, cuando en realidad basta, y es más económico para todos, que tu nombre figure en una base de datos. Finalmente nos reunimos cerca de treinta personas, la mayoría alumnos o profesores de la universidad, de variadas edades.

Hubo que modificar un poco la ruta originalmente planeada desde Valvanera, debido al mal tiempo, que amenazaba lluvia, aunque al final solo nos chispeó, si bien algunos senderos estaban muy embarrados y a medida que avanzaba la tarde empezaba a caer más y más agua. En lugar de salir de Valvanera, salimos de Ezcaray, un precioso pueblecito situado al pie de la estación de esquí que da nombre al valle: Valdezcaray, y que a la sazón celebró poco antes sus jornadas micológicas anuales.

Era la primera vez que hacía esta ruta, pues hay muchísimas y muy bellas en la región, algo de lo que en provincias poco pobladas como Burgos y circundantes (La Rioja, Soria,...) podemos presumir. Y os lo dice alguien que ha visitado desde el antiquísimo bosque de Sherwood (pues viví algún tiempo en Nottingham) hasta la selva del Amazonas, pasando por la sabana africana de Masai-Mara, por nombrar algunos destinos naturalistas bastante exóticos.

Siempre que llega el otoño, intento aprovechar para salir a caminar al monte a disfrutar de la naturaleza y hacer algo de ejercicio físico. El año pasado, sin ir más lejos, os relataba esta visita a la reserva natural de Saja-Besaya, y hace algo más de tiempo, esta otra a Altuzarra o a la zona de Ezcaray por Fresnedo. Al principio del camino había un cartel informando detalladamente de los pormenores de nuestra excursión (pulsar para agrandar).

Nos recogieron en autobús el domingo por la mañana temprano, para llevarnos hasta el pueblo donde comenzaba la ruta. El primer tramo fue el más duro debido a la inclinada pendiente que ascendimos, pasando por dos breves pueblecitos tenuemente asfaltados, pero en general ascendiendo por senderos rocosos esteparios con los naranjas y verdes otoñales enmarcando el paisaje en bosquecillos que se divisaban a lo lejos.
 

El cielo estaba cubierto de nubes neblinosas cargadas de humedad, entre las cuales a ratos vimos sobrevolar algún gran ave, seguramente de presa o carroñeras, que se dejaban caer planeando blandamente contra el turbulento mar gris del cielo.


Coronada la cima de máxima altitud, encontramos una gélida alberca junto a una explotación ganadera, desde la que se divisaba un paisaje majestuoso al fondo, coronado por varios planos de montañas.


Desde aquí tuvimos que descender un tanto, para seguir ascendiendo poco después hasta una meseta. A lo largo de este camino atravesamos algunos senderos en los que se veían señales de setas de diversas especies (hongos, cuescos de lobo y níscalos). Cruzamos además por algún pueblecito con ermitas centenarias.


Fue cruzando un arroyo cuando nos topamos con el primer cazador que veríamos: un zorrillo blanco de las nieves que estaba olisqueando un rastro y desapareció ágilmente antes de ser fotografiado, al sentir acercarse a nuestro numeroso y parlanchín grupo, no sin antes dejar impresas sus huellas en el lodo.


Era extraño encontrar un animal así tan cerca de las poblaciones humanas cuando debería estar buscando una presa, pero poco después tendríamos nuestra explicación al cruzarnos con dos cazadores, uno mayor y otro no tanto, separados una distancia de varios minutos que, portando sendas escopetas nos informaron de que esa mañana no parecía haber caza, motivo por el que regresaban tan temprano. Está cerca la temporada de la berrea del ciervo (y a alguno se lo oía aullar en lontananza), aunque presumo que estos tres individuos se dedicaban más bien a la caza de aves pequeñas de tipo perdicero.


El sendero continuaba tras el arroyo, circundado de los preciosos colores que la estación nos brinda cada año para atenuar el dolor del verano perdido. Así, atravesamos un hayedo techado de hojas anaranjadas que tamizaban la luz del sol y ocultaban suavemente nuestros pasos.


Asimismo caminamos por un pequeño robledal y disfrutamos el espectáculo de los líquenes cubriendo las ramas de la espesa techumbre vegetal.

Algo más adelante cruzamos varios cercados para atravesar vaquerías cuyos bovinos moradores nos observaban con dosis idénticas de sorpresa y parsimonia. Empezamos también a encontrar perros de pastoreo junto al lanudo ganado.


 

Llegados a la cima de la meseta ya habríamos recorrido a pie unos quince kilómetros, y encontramos un hermoso paisaje del valle con varias formaciones rocosas que salían abruptamente de la montaña, una de ellas coronada por un bosquecillo de lo que parecía un encinar.


Desde aquí ya se divisaba un gran monasterio, seguramente poblado por piadosos frailes.

 Iniciamos el descenso por caminos embarrados mientras la llovizna se intensificaba, cruzándonos por el camino con varios tipos de arbustos frutales cargados de bayas y un gran acebo, que es el principal alimento de los cérvidos.

 La leyenda relaciona el acebo con la Navidad y, antes de que estuviera penada su poda, solían cortarse ramitos para colgar sobre los dinteles de las puertas de casa en invierno, arcos bajo los cuales encontrarse con los seres queridos.

Llegados ya sobre las tres de la tarde a un pueblo anterior a San Millán, iniciamos un frugal almuerzo acompañados de los perros y algún lugareño, y una parte inició otra breve ruta por los alrededores, mientras que otros nos dirigimos directamente al pueblo del monasterio, para pasearlo y sestear al calorcito.


El patio del Monasterio de San Millán de la Cogolla es impresionante y muy bien cuidado, ofreciendo bonitos contrastes entre el naranja de las hojas, el verde de la hierba y el musgo, contra los pétreos muros grises de la impotente construcción.


 Llegado el resto del grupo tomamos un café e iniciamos el regreso en autobús, llegando a Burgos habiendo ya anochecido.

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