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19 noviembre 2008

Llegada a Tarapoto

Por la mañana salimos del hotel Limeño en que nos hospedamos ayer en dirección al aeropuerto. Por lo que se puede ver en Lima, las playas que dan al océano Pacífico no están todo lo explotadas que podrían, pues muchas son meros badenes de arena plagados de escombro.

La contaminación atmosférica en la capital peruana nos parece alarmante, máxime teniendo en cuenta que es ciudad costera. Esperamos que pronto instauren nuevas normativas en cuanto al uso de catalizadores, combustibles "limpios" y silenciadores. Las calles son un poco caóticas, en parte por la falta de señalización viaria, y en parte porque estos días coincide la celebración de la cumbre APEC del pacífico.

Tomamos el avión rumbo a Tarapoto desde el que se observa un fabuloso paisaje trufado por la cordillera andina, con la selva debajo y el océano de fondo. En ruta saboreo una inka-cola, que viene a ser como una coca-cola amarilla con sabor entre jarabe y piruleta. Según me cuentan, el todopoderoso rubro Coca-Cola trató de competir con esta marca local de refrescos pero no ganaba cuota de mercado y al final la compró.

Aterrizamos en el aeropuerto de Tarapoto y el calor al bajar es asfixiante debido a la humedad selvática. La vida parece tener un húmedo velo anaranjado mientras esperamos nuestras maletas, acostumbrándonos al clima tropical. Nuestro hotel ha fletado una furgoneta para acoger a sus inquilinos, desde la que se observa la siguiente vista que grabé con el móvil (aquí llamado "celular"):

Tras instalarnos en el hotel ya hemos podido apreciar que la ciudad apenas sí tiene edificios que levanten más de dos pisos del suelo, y que está plagada de motocarros, ciclomotores, motocicletas y mototaxis. Éstos hacen un ruido ensordecedor y echan un fumarro negro bastante desagradable, que se une a lo pesado del clima y a nuestro jet-lag cristalizando en una buena siesta.



Ahora entendemos el porqué de las bocinas de tiovivo que oímos en Lima: aquí tocar el claxon es deporte nacional, puesto que la señalización viaria es bastante escasa. En particular, me llaman la atención para bien los semáforos extraplanos, contruidos con diodos LED para ahorar energía y espacio.

A los vecinos del lugar tampoco debe de agradarles mucho la llegada de los "motocarristas", a tenor del gracioso cartel que localizo tras dar un paseo por la zona.

La selva viene a nuestro encuentro a pocos minutos andando desde el centro de la ciudad, donde en la plaza los cambistas de divisa agitan fajos de soles peruanos. La visión voluptuosa de la vegetación selvática le quita a uno el aliento.

Por la noche cenamos con un miembro de la administración local (demarcación de San Martín) quien nos comenta la política agraria de la zona y nos ilustra sobre las exquisiteces de la zona y los enclaves turistibles, como las variadas tribus amazónicas que hablan Quechua, el antiguo lenguaje incaico. Volvemos (cómo no) en motocarro.


Tras una jornada agotadora y con el reloj biológico aún en desajuste, hacemos noche en el hotel, que tiene una pequeña pero agradecida piscinita.

Por la mañana del segundo día, escribo esto mientras consulto por internet la evolución de la huelga de ingenieros en informática (2) convocada hoy en España (óigase el debate radiofónico). Desde luego aquí en Perú no faltan teléfonos móviles, locutorios, accesos inalámbricos Wi-Fi ni tiendas de componentes informáticos para "equipos de computación".

Hoy me llevo mis útiles de dibujo a ver si capto la esencia de la vida en la selva peruana...

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