
El trayecto en avión entre Madrid y Lima deja bastante
jet lag. Pasar doce en un avión con varios cientos de pasajeros ya le deja a uno bastante desorientado de por sí, pero lo más sorprendente es el cambio horario. A cuarenta mil pies de altura siempre es de día cuando vas persiguiendo al sol, mientras que al llegar al Perú la madrugada te sorprende tan despierto como a mediodía. Seis horas, seis, de desfase.
"A quien madruga, dios le ayuda", mas todos dicen que la vuelta es peor por que no hay quien le saque a uno de la cama, una vez que su reloj biológico se ha habituado a dar un cuarto de gira al planeta Tierra.
En Lima sosprenden los automóviles y furgobuses, variados, y coloridos. Las calles están trufadas de "seiscientos", todoterrenos, decrépitas tartanas y cochazos de lujo que aquí destacan más. Las bocinas suenan con alegres melodías y las calles están plagadas de gente negociando sus pasajes. Los semáforos a menudo se encuentran al otro lado de la intersección donde uno debe detenerse, por lo que hay que andar con ojo y ser buen conductor. A los limeños les encantan las luces de colores y decoran cada centímetro de sus coches y edificios con bombillas y neón.

Nos alojamos en el Hotel Colonial mientras nos adaptamos, antes de salir hacia Tarapoto, en la selva, a primera hora de hoy. El acceso Wi-Fi funciona bien. Aquí, un amable matrimonio nos ilustra sobre las peculiaridades del lugar, incluyendo su gastronomía. La cena incluye camarones (cangrejos de río), vieiras y postres de fruta con panqueques. Para beber, pisco
sour y mate de coca (una infusión). Uno se siente como los antiguos viajeros del siglo dieciséis, si no mira los gigantescos anuncios del iPhone 3G.
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